Las mujeres tenemos momentos inolvidables como cuando nos casamos, cuando parimos o cuando nos traen el primer lavarropas. Pero hay algo que también es único: cuando dos hombres se pelean por nosotras. La Sofi está viviendo ese climax desde hace dos semanas, y por primera vez lee mi cuadernito buscando, entre la maraña de voces, los comentarios amorosos de sus dos pretendientes.
La verdad que la nena lo que está es insoportable. Agrandada como sorete en el kerosén. Su relación con el Pajabrava no es que se haya enfriado, pero la posibilidad de que dos hombres ya maduros se la disputen con cotidianos mensajes de amor, la tiene enloquecida. Al principio yo no decía nada, pero una (que la parió bien parida) se da cuenta:
—Vos andás mucho últimamente leyendo mi blog —le dije anoche—. ¿Qué pasa, de golpe te gusta lo que escribo?
—Sí, está bueno... —me dice, haciéndose la intelectual de izquierda.
—Mirá vos, de golpe te interesa el folletín —la tanteo—, ¿y qué escribí ayer?
La guacha no tiene la menor idea de lo que yo escribo acá: se va derechito a los comments, máxime cuando ya hay 50 ó 60 mensajes, porque sabe que desde hace un tiempo hay dos lectores que se la pasan dejándole postdatas y propuestas indecentes.
—Y... vos escribís de todo un poco, má —me dice—, sos media repetitiva, pero a veces está lindo. El de Batistuta me gustó.
—Maradona.
—Ése.
—¿Se te puede hacer una pregunta sin que te me vayas por la tangente? —la rodeo.
—El qué —y ya se pone a la defensiva, ya me cruza los brazos.
—¿Cuál de los dos te gusta más?
—¿Del qué? —y empieza a mirar la tele apagada, a buscar como una desesperada el control remoto.
—"Del qué" —la imito—. Que quién de los dos te gusta más, boludona... ¿Vos te pensás que yo me chupo el dedo? ¿Interior o el Angelgris?
¡Ja, ni se lo esperaba la guachita! Coloradísima se me puso. Un tomate perita en temporada alta parecía. Como si la hubieran desnudado en el salón de actos del colegio, como si le hubieran descubierto el gran secreto de su vida. En el fondo es muy tímida la Sofi, muy en el fondo. Hay que saber buscarla.
—No tengo la más menor idea de lo que me estás hablando —me dice—. Además son dos babosos.
—¿Vos te pensás que no te veo sonreírle al monitor cuando te pensás que estás sola? —le digo—. ¡Ya sé que son dos babosos, los conozco mejor que vos! Pero te gusta... ¿O no te gusta que se arranquen los pelos por tu amor?
Y entonces sí, baja las defensas y se le escapa la sonrisita ésa, la que abre las puertas de las confidencias entre una madre y una hija. Es tan sutil que casi ni es sonrisa. Es como que alguien le tirara con un piolín la comisura para el costado, y los ojitos le brillan, y entonces una que es madre sabe que la hija acaba de hacerle una copia de la llave de su alma, para entrar un rato a chusmear.
—Me gusta cómo se pelean —me dice—, se les nota que los tengo muertos. Además son muy distintos...
—¿Y vos qué sabés? Si nunca les viste la cara.
—¡Ay mamá, pero se nota! —de a poco se va soltando, va confiando en mí, la pelotuda—. Interior lo que quiere es catre, se lo ve desesperado, y me gusta que sea así, directo, salvaje, prehistórico... Debe tener pelo en pecho...
Trato, con éxito, de aguantar la risa.
—Y el Angelgris es mucho más romanticón —sopesa—, debe ser de esos chabones que te regalan flores cuando quieren culiar...
—¡Sofía Mirta! —la interrumpo— ¡Esa boca! —pero ella está en su mundo, ya con la vitrina de sus secretos abierta de par en par:
—..., de esos pibes lampiños tan lindos... Además que se llame de apellido Angelgris está bueno.
Es novelera pero bien boluda la Sofi. ¿Dónde se ha visto un apellido así? Pero lo paso por alto y la pincho un poco más:
—Igual no me dijiste cuál te gusta más de los dos —la apuro.
—A mí lo que me gusta es eso —me dice—, que se arranquen los ojos por mí. Me agarra una cosa acá cuando me hablan, cuando uno me invita a la cabaña y el otro me invita a su casa... ¿Son casados?
—Entre ellos no, pero con otra gente lo más probable —le digo.
—Mejor. Siempre quise ser una amante. Además tienen como mil años, son viejos, nacidos en los sesentas... Saben cosas de historia, que siempre me la llevo a marzo. ¿Sabés qué me gustaría? —me dice, soñadora— Que los invites un día a Mercedes, y que se batan a duelo por mí en el Parque Municipal.
—¿A muerte?
—O a piñas, lo que ellos quieran. Pero eso es lo que más me gusta del amor, cuando a uno que te gusta lo cagan bien a palos y le sale sangre y una entonces va y se agacha y le da besos...
Y entonces, el ave de rapiña asomó el pico y dejó su sombra de odio en el comedor. El Zacarías, imprevisto y silencioso como siempre que hay charla femenina, se aparece de repente desde el pasillo:
—Vos invitalos, gorda —dice mi marido sin énfasis, pero con los ojos inyectados y con el cinturón ya en la mano—, vas a ver cómo se le cumple a la Sofía el sueño de la sangre... ¿Querés pretendientes bien cagados a palo, nena? Vos invitalos a esos dos hijos de Internet, dale, invitálos que les tengo ganas...
La Sofi y yo agachamos la cabeza, en silencio, viendo rodar por los suelos nuestra charla susurrada y fraterna. El Zacarías se queda un segundo en el marco de la puerta y después se va, puteando bajito insultos bastante graves contra la Red de Redes y la pedofilia... Yo no sé cómo hace este hombre, si lleva incorporado un radar o algo, pero tiene una capacidad innata para romper la intimidad de las charlas madre-hija, que son siempre tan edificantes.
Copyright © 2003-2005, Mirta Bertotti. Mercedes, Buenos Aires, Argentina.