Les juro que hice memoria, mucha memoria. Hasta cerré los ojos para tratar de acordarme mejor... Pero a la final decidí que nunca, jamás en la vida, se me habían acartonado tanto las medibachas como ayer a la tarde, cuando lo escuché al Víctor Hugo leer mi carta por la radio. Sí, mi carta al Diego, corazones. Y yo pensé que los orgasmos mediáticos me agarraban solamente con Arguiñano ... ¡Ay, qué voz tiene el Víctor ése, madre mía!
La casa era la de un domingo cualquiera: el Zacarías —que nunca se sabe si se levanta de la siesta o está a punto de acostarse— miraba como doce deportes juntos, en todas las habitaciones. Trascartón ayer ganó al tenis no sé quién, corrían los autos de carrera y jugaban todos los equipos. Estaba la radio, la tele normal y la tele por cable que nos robamos del vecino. Todo a la vez. Propio un zafarrancho.
El Caio los domingos llega muy maltrecho, y más o menos a las tres de la tarde hay que recalentarle los ravioles y mezclarle el uvasal con el agua, porque le erra al vaso, de lo pelotudo que vuelve de la calle.
La Sofi los domingos anda con cara de orto porque se pelea con el Pajabrava (están en la parte tonta del noviazgo). Y el Nonno, despierto desde las siete, rompiendo las pelotas al estilo prusiano: al pedo pero temprano.
Un domingo normal. Como cualquier domingo, hasta que se detuvo el mundo. Lo agarré empezado, pero se me cayeron todos los platos de las manos ni bien lo escuché al Víctor Hugo decir la segunda frase de mi post. Nos quedamos los cinco, en diferentes habitaciones, paralizados por el influjo hipnótico de la radio. En vez de relatar un partido, Víctor Hugo nos nombraba a nosotros, al Zacarías, al Nacho, al Caio, a mi suegro...
Mi marido me miraba con cara de haber visto un muerto. Yo pensé que me iba a desmayar, pero era que me estaba bajando el orgasmo. Se me recalentó el cogote y me temblaban las patitas. Pero me hice la infeliz, para que nadie se diera cuenta. (Es rarísimo el tema éste de los orgasmos: cuando no los tenés hay que fingir que sí, y cuando los tenés hay que fingir que no. Debería haber una legislación al respecto, o algo.)
Cuando el relator uruguayo terminó el texto, empezó a sonar el teléfono de casa. Yo pensé que iban a ser todas felicitaciones, pero la primera que llamó fue la chusma de la Emilia, para preguntar si era verdad que en '86 no teníamos nada para comer, porque se andaba comentando eso en el barrio. ¡Qué rápidos que son para los mandados! Pero lo peor vino después, cuando miré a toda mi familia, esperando que vinieran a abrazarme, y me choqué contra una pared de indiferencia.
El Zacarías, todavía descolocado, no sabía cómo reaccionar, hasta que encontró las palabras:
—Una cosa es que escribas en Internet, gorda —me dice—, que no lo lee ni el gato, y mucho menos mis conocidos... Pero esto que hiciste ahora es para joderme la vida, nomás. ¿Quién te pensás que somos, Gran Hermano, los Campanelli...? ¿Cómo vas a andar diciendo por Radio Continental, un domingo a la tarde, que el Zacarías Bertotti llora como un maricón? —y se va agarrando la cabeza— ¿Vos no te das cuenta que hay dos millones de tipos oyendo eso, gente grande, hombres con bigote? ¿Cómo salgo a la calle yo, cómo entro al Club Progreso ahora?
—Además —acota el Caio—, el poster que tengo en la pieza no es Maradona..., es Bob Marley, vieja. ¿No le ves las rasta?
Me los quedé mirando. Uno por uno. La Sofi callaba.
—¿Y vos? —le digo a la nena— ¡Dale! Aprovechá el festival latinoamericano del reproche. ¿Qué tenés para decir, Sofía?
—Que tenés los cachetes colorados y te suda el pescuezo —me dice, la guacha—, como si estuvieras excitada. Controláte.
Me encerré en la pieza a llorar, pegando un portazo, dejándolos a todos afuera. Desagradecidos, todavía que los nombro, que me preocupo por ellos, que los perpetúo en el éter... ¿Cómo no se dan cuenta que el que leyó mi carta fue el Víctor Hugo, el mejor relator de todos los tiempos?
—A mí me piache, Mirtitta —oigo, mientras siento una mano que me acaricia la cabeza. Era el Nonno—. Se me ha posatto la carne di gallina quando escolté al Vítor Hucco. Te felichitto...
Y sacó un cassete, todavía él con los ojos humedecidos, lo rebobinó y se sentó al lado mío en la cama.
—Lo tenco tuto acá —me dice—, grabatto. ¿Queré que lo pongamo?
Asentí en silencio, emocionada.
Y en el atardecer del domingo, el Nonno y yo, calladitos, escuchamos como sesenta veces más la cinta en la que el relator que narró (mejor que nadie) el mejor gol de todos los tiempos, ahora hablaba de una señora de Mercedes que recordaba ese gol, esos años, y que rezaba por un jugador de fútbol que todavía respira por un tubo, y al que —Dios mediante— le llegará también esa carta. Porque al fin y al cabo mi carta era para vos. Y yo sé que la vas a leer, Diego. Me contó un pajarito que están esperando que te pongas bien para dártela en mano. Y eso me pone orgullosa, corazón. Ojalá la escuches con esta voz. {
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