Ayer fue un día muy movido, y además (por una vez) se dio vuelta la tortilla. Si todos los días este cuadernito refleja lo que pasa en casa, ayer toda la casa estuvo pendiente de ustedes, que son los verdaderos personajes de mi cuaderno.
Me da risa pensarlo así, pero es la verdad. Cuando los veía moverse y conversar en directo a través del chat, los personajes eran ustedes y nosotros los lectores pasivos. Nosotros (el Caio y la Sofi, el Nonno y yo, sentados alrededor de la máquina) festejábamos la aparición y los chistes de cada uno de ustedes como, supongo, alguna vez han hecho los lectores con esta familia.
Ese cambio de escena, además de divertido, me generó un sentimiento mucho más humano y real: ustedes ya son como primos enloquecidos que llegan a casa a arrasar la heladera, a contar anécdotas, a pegarse en la cabeza con cariño, a romper floreros.
Ayer también fue un día movido porque ustedes empezaron a hablar, en los comentarios, de algo que tarde o temprano iba a ser notorio: ha habido un cambio, de un tiempo a esta parte, y ese cambio se nota. Este cuaderno, en un mes, ha triplicado sus lectores (que ya eran muchos, y que ahora son más), convirtiendo este cuaderno en uno de los weblogs más visitados en español.
Y todo ocurrió el mismo día en que volvimos a superar dos récords: el de comentarios (ayer alcanzamos los 3.000) y el de visitantes: por primera vez desde el inicio de este cuaderno, se han conectado en un solo día más de mil lectores (no hablo de visitas, sino de computadoras diferentes; las visitas, por supuesto, son muchísimas más porque cada lector o cada familia entra más de una vez en el día, y lee más de una historia).
Más allá de alegrarme esto (ustedes saben que me alegra mucho) es lógico que me genere, como anfitriona, un poco de presión. Será todo lo virtual que quieran esta casa perdida en un pueblo del oeste de Buenos Aires, pero es mi casa y quiero que los que lleguen se sientan cómodos, sean treintaicinco almas sensibles o mil quinientos indios desaforados. Y cuando se multiplica el número se multiplican también las personalidades, los gustos, las conversaciones, las ideas, las edades, los países, las profesiones y los idiomas parecidos al castellano. ¡Bienvenido el mestizaje!
A veces me siento como esas familias que tienen pileta, y que en verano se les llena de gente desconocida la casa. Cuanto más son los invitados, más se va olvidando la gente que no es un club a donde han ido, sino a una casa particular, limitadísima. Todo va muy bien hasta que alguien, el amigo de un amigo de un amigo, le dice a la dueña de casa, a quien no conoce:
—¡Pero señora, cómo puede ser que se hayan acabado las toallas! ¡Esto así no puede seguir!
La costumbre y la pertenencia a un lugar va generando exigencias, y también hace que perdamos conciencia de dónde estamos. No creo que haya muchos blogs personales donde los lectores exijan un horario de posteo, una calidad sin grandes altibajos en los textos, y una relación de pertenencia tan alta a un lugar. Borjamari mentía descaradamente, acuérdense de eso: esto no es una empresa, ni hay un grupo de guionistas: soy yo. Mirta, una señora que escribe un diario en internet. Y sí caramba, me gusta que haya toallas para todos, aunque esto siga siendo un weblog personal, un hobbie que creció de golpe, y aunque nadie tenga derecho a exigirme toallas ni una heladera llena de cocacolas.
Ayer algunos invitados de la vieja época, que se sentían muy cómodos cuando éramos pocos, han criticado las nuevas costumbres de esta casa, donde hay más bullicio y más voces, y en la pileta ya no hay tanto espacio, y en vez de poner Sivio Rodríguez los nuevos invitados han traído discos de chamamé. Todo el tiempo sentí que un grupo y el otro me miraba para que tomara partido:
—Es tu casa, es tu casa, decí algo, ¿qué música podemos poner, Mirta?
Yo no les voy a decir qué tienen que bailar. Que cada cual baile lo que quiera. Solamente les recuerdo que es mi casa y que todos (¡todos!) son mis invitados. Y la única anfitriona, co-anfitriona y responsable soy yo. Y que todos venimos acá un rato al día a leer y a contar historias en grupo. Lo repito, porque es maravilloso y a veces lo perdemos de vista: más de mil personas llegan a un lugar, desde 20 países diferentes, con mil vidas distintas, con unas edades que van desde los 16 a los 55 años, con profesiones dispares o sin profesión..., ¡a leer literatura!
Todos ustedes deberían estar emocionados por haber generado esto. Por estar inventándolo. Yo lo estoy: no me canso de sorprenderme. Ayer alguien ha repetido tres veces, para que nos quede claro a todos: "estamos inventando un género". Agradezco a ese lector que no haya dicho "Mirta está". De que haya entendido que no existiría el sabor de la manzana sin la existencia previa de un paladar.
Les agradeceré una y mil veces, a todos, a los veteranos lectores y a los nuevitos, que me permitan llevar a cabo una experiencia apasionante, y que además tengan la buena predisposición de disfrutarla. Gracias también por reinventar esta comunicad todos los días. Pueden pasar: hay toallas para todos.
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