La Emilia Della Zizza siempre fue una mujer muy chismosa, desde antes de tener la peluquería y después de cerrarla. Chusma profesional la Emilia: de ésas que saben vida y obra del barrio desde la época de la Conquista hasta el día de hoy. Pero como vivía a la vuelta de casa mucho no me importaba. Pero ahora, que tenemos la pizzería casi enfrente, cada vez la soporto menos.
Se ha de pasar unas doce o catorce horas al día mirando por la persiana para el lado de la calle. Yo me figuro que del otro lado debe tener un taburete o algo, ¿porque sinó cómo aguanta parada?
Vos salís a la calle y ya sentís que tenés dos ojos en la nuca. La Emilia es como la Gioconda, que te pongas donde te pongas la guacha siempre te está mirando. Yo no sé cómo hacían los pintores de antes para dar esa sensación, pero a la Emilia le sale igualito.
Debe haber toda una cuestión entre las viejas y las persianas. Lástima que no lo tengo al Nacho para preguntarle, porque él seguro ha leído algo sobre el tema. Pero llega una edad que las viejas se instalan atrás de la persiana de la pieza y no las sacás de ahí ni con un gancho carnicero.
Cuando son casadas aflojan dos o tres horas a la tarde para hacerle la cena al marido, pero una vez que enviudan se llevan el taper a la ventana y ya se quedan a vivir. Después se pasan la mañana transmitiendo las novedades en todos los negocios del barrio.
La vieja Monforte también se pasa la vida mirando por la ventana, pero tiene a su favor que padece la arteriosclorosis. ¡No me vas a comparar! Además la vieja Monforte no lo hace de chusma: se conoce que está buscando el ángulo para escupirte. Desde que está mal de la cabeza escupe, a todo dios que pasa lo escupe, desde un agujerito que ha puesto en la ventana.
Con los meses ha ganado mucho en puntería, pero más que nada es envidiable la consistencia del gargajo. Debe ser que la gente de la tercera edad se alimenta distinto, qué sé yo, y después la saliva se le acartona en la boca, pero tiene una escupida que parece un piedrazo, esta santa mujer. Los otros días al Manija Pertosi, el que era medio noviecito de la Sofi, le sacó un moretón abajo del hombro de una escupida con efecto.
-¡Me pegó en la vacuna la loca de al lado! -se quejaba el pobre el chico, y con razón.
Yo ya estoy cansada de llamar a la Municipalidad para que hagan algo con esta señora. Pero si los de la Intendencia no te hacen caso ni para llevarse un perro muerto que hace una semana que está en el desagüe, menos te van a hacer caso para trasladar a una vieja. Una vieja que para peor sigue viva y pesa muchísimo más.
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