14 de Enero de 2004

Una voz en el teléfono

Siempre me dieron miedo las llamadas intempestivas en medio de la noche. Siempre que llamaron a cualquier hora fue una mala noticia. Mi hermano; mi madre. Por eso salté anoche, a las cuatro cuarenta de la madrugada. El ring me sonó en los tímpanos como el grito de terror de una oveja. Tanteo el teléfono en la oscuridad. Levanto el tubo.

—¿Hola? ¿Quién es? —pregunto, en tensión pero media dormida.

—Mirta, soy Douglas... Douglas Salvático.

Me quedo dura en la cama, no contesto. Prendo la luz de la mesita. Él me dice, con la voz más agónica y dulce del mundo:

—No he podido olvidarla. Mirta, y juro que lo he intentado...

No puedo hablar. Como en los sueños, que una quiere decir muchas cosas y no sale nada, o una quiere empezar a correr y patina en la misma baldosa muchas veces... No puedo ni respirar. Sigo escuchando:

—¿Me da permiso para volver a su vida, Mirta?

"Quiere volver, como Gardel", pienso... Gardel también es uruguayo. ¿Por qué pienso y no le contesto? Pienso en Gardel ansioso, en la baranda del barco, mientras adivina el parpadeo de las luces...

¿Puedo volver, Mirta?

También pienso en la golondrina ésa del cuento, que volvía siempre al lado de la estatua del príncipe feliz, y que se murió de frío por culpa de tanto volver.

¿Mirta?

Y en la gente amontonándose en Ezeiza cuando el General, ya tan viejo y tan sin tiempo, decidió volver para morirse acá.

¿Está usted ahí?

Y la tarde del 94 en que Maradona volvió y a todos nos pareció que tenía el pecho inflado de orgullo y de bronca.

¿Mirta, sigue ahí?

¡Volver volver volver! Me hubiera gustado ser Chavela Vargas, y cantar ese lamento en el medio de la noche.

Mirta, la oigo respirar...

Volver como María Félix a los brazos de Agustín; o como el Ave Fénix.

Por favor... la adoro...

Volver como volvió Ulises mientras Penélope se cansaba de tejerle la tricota.

Mirta, no me haga esto...

Volver a ser adolescente, a que te tiemblen las patitas cuando alguien te ama.

Voy a colgar si no me habla...

—Mirta, voy a colgar... —dice Douglas—... ¿Me va a dejar volver a su vida?

—digo. Solamente eso, y el corazón se me escapa del cuerpo como un fantasma lleno de miedo—, —repito, y cuelgo.

Volver a tener miedo de una misma.

¿Quién era? —me pregunta Zacarías, lagañoso.

Volver a sentirse sucia y joven y dispuesta a todo...

Equivocado —digo, y le doy la espalda.

—Ah —me dice el Zacarías, cada vez más dormido— Apagá la luz.

Muy equivocado —susurro.

Zacarías empieza a roncar enseguida. Yo no: yo estoy toda la noche mirándome para adentro.

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