07 de Enero de 2004

¿Ya no somos clase media baja?

Desde hace una semana que vengo con una duda que me carcome los huesos. Pero hubo tanto ir y venir con el tema de las Fiestas, el viaje del Nonno, la llegada de la Luchía, las vacaciones del Nacho, etcétera, que recién ahora puedo sentarme otra vez en casa y mirar a mi alrededor. Ayer al mediodía llego a la cocina y le pregunto a mi marido sin preámbulos:

—Viejo, ¿qué vendría a ser para nosotros la Negra Cabeza?

Mi marido chupa el mate, me mira como si yo estuviera loca y me dice:

—La sirvienta... ¿no?

—¿Cómo que la sirvienta? —digo— ¿Desde cuándo tenemos sirvienta nosotros?

—Qué se yo, mujer —me dice—, desde que la tomaste como sirvienta. No me escorchés que estoy leyendo...

—A nosotros nos hace falta diálogo, Zacarías Estanislao: ¡yo nunca tomé una sirvienta!

—Habrá sido el Nacho —dice el Zacarías sin darle importancia—. Y lo que nos falta no es diálogo —agrega bajito—: lo que nos falta es tema.

Me vengo como una tromba a la máquina y le mando un mail urgente al Nacho. A eso de las cinco de la tarde ya teníamos una conversación al respecto:

Mail entre el Nacho y yo

—¡Es un escándalo! —le digo al Zacarías mostrándole el mail— La Negra Cabeza vive en casa y tiene llave porque sí, porque ella lo decidió. Esta casa es el viva la pepa. ¡Tenemos una intrusa, una espía, y nadie se entera de nada acá!

El Zacarías me mira por arriba del diario.

—¿Te das cuenta vos, che? ¿No vas a hacer nada? ¿Quién es el hombre de la casa?

Mi marido, impávido, toma un mate y frunce el ceño.

—Claro que sí, esto es el colmo —me dice, y enseguida pega un grito:— ¡¡Se enfrió el aguaaa!!!

Al segundo llega la Negra Cabeza desde el lavadero:

—Disculpe señor, estaba lavando... Ya le traigo termo nuevo para el matecito. ¿Desearía algo más?

—Sí —dice el Zacarías—. Bizcochito de grasa y un almohadón.

—Mande señor —dice la perra Cabeza, y se empieza a ir.

Zacarías me mira socarrón. A mí se me enervan los pelos de la nuca:

—¡Negra Cabeza venga para acá! —le digo con tonito de madre cabrera. (El tonito es todo rapidito sin comas ni respiración, y con la Sofi me funcionaba mucho.)

Mande señora Mirta.

—¿Usted qué lugar ocupa en esta casa? ¿Es la novia del Caio, es empleada del Nacho, es la amante de mi suegro, ? ¿Qué carajo es usted?

—¿Yo? —dice, sorprendida, y lo mira cómplice a mi marido— Yo soy la sirvienta, señora Mirta.

Me río:

—¡Nosotros no tenemos ni tendremos nunca sirvienta!

—¿Ah no? —me dice la yegua— ¿Qué es esto que tengo en las manos, señora Mirta?

—Ropa sucia —le digo.

—¿Usted cómo me paga?

—Por semana.

—¿De qué nacionalidá soy?

Me muerdo los labios.

—¿De dónde soy? ¡Responda!

—Paraguaya... —contesto, sabiendo que he perdido la pulseada.

—Todo dicho —me dice, y se va moviendo el pandulce—. Si me permite, voy a poner el agua para el señor don Zaca.

Mi marido hace el gesto de darse vuelta, pero lo freno a tiempo:

¡Zacarías, si vos te das vuelta a mirar ese culo yo te juro que parto la cara! —le digo.

—¡Qué carácter de mierda! —me dice y se enfrasca otra vez en la sección deportes.

Es increíble las maneras que tiene la vida de avisarte que ya no sos tan tan pobre como antes. De que sos un poquito menos miserable... Del cielo te cae sirvienta. ¡Mirálo vos al Kirchner, qué atento!

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