En la Navidad hay cosas típicas como la ensalada rusa, el turrón español, o el abuelo italiano, que no deberían faltar nunca. Así que va a ser extraña esta Navidad sin don Américo. Nadie lo dice abiertamente, pero a todos se nos nota que nos falta algo. Incluso ahora, en los preparativos. Pero a la vez estamos contentos de que esté en su tierra, conociendo gente de su sangre y pasando las fiestas ahí donde su madre lo parió.
Anoche fue una sorpresa enorme que el abuelo se haya conectado por messenger. Yo jamás lo había visto enfrente de una máquina, pero se ve que allá se está animando a cosas nuevas. ¡Y tiene muchas novedades! Incluso no volverá solo el treinta y uno. ¡Ay, calláte, Mirta! En el post de hoy yo pensaba contarles a ustedes, corazones, todas las noticias que me contó mi suegro desde Italia, pero prefiero que se enteren como Dios manda, por su propia boca, que para eso está la tecnología.
Antes de despedirme —porque mañana no habrá post— quiero desearles a todos ustedes, lectores y amigos de este cuaderno, que mientras puedan lo pasen en familia, como los Bertottis; y a los que no puedan, a los que estén lejos de su lugar, decirles que a veces la gente y el pueblo de uno se lleva adentro, tan adentro, que hasta es posible inventar la magia de estar cada día en el lugar al que se pertenece, junto a los que se ama. Yo conozco a alguien que cuando cada mañana escribe sobre su pueblo y su gente, está allí: con ellos. Y se siente mejor.
Como mi suegro, que por fin pasará la Navidad donde nació. Así me lo contaba anoche, por messenger. Los dejo con esa conversación. Feliz Navidad a todos, corazones. Siempre les agradeceré que hayan querido entrar a esta casa.
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