Estábamos frente a frente en la habitación. Douglas y yo, solos. La decisión estaba tomada porque ustedes así me lo habían aconsejado. Yo me estaba quitando el vestido y él la camisa de seda. El deseo carnal volaba por la pieza como un búho, a la espera del zarpazo. Cuando nos acercamos para fundirnos en el primer beso de la noche larga que nos esperaba, justo allí, oímos la patada en la puerta.
-¡¡Mamá, no lo hagas, hubo fraude!! -era el Nacho, alzando en la mano unos papeles llenos de cifras y guarismos.
-Nene, vos acá - digo yo tapándome las partes pudendas- ¿No estabas en la cancha viendo Boca-River?
-Mama, soy gay. A los gays nos importan más nuestras madres que el fútbol -dice-. Estuve toda la noche revisando la encuesta: hubo alguien, ¡una sola persona!, que votó 917 veces la opción de traicionar a papá... ¿Te parece que ese consejo puede ser el de un amigo?
-¿Qué dice este muchacho, princesa? -se mete Douglas- ¿De qué encuesta habla? ¿Qué es todo esto?
-Un minuto, Douglas -dice Nacho-, esto no es con usted. Mamá: un amigo aconseja con el corazón, no con el dedo; un amigo aconseja una vez, no mil veces; un amigo te propone, nunca te obliga. Acá tenés el voto de los amigos, este es el resultado real:

Leo el gráfico; el corazón se me hace un nudo. Miro incrédula a mi hijo y a Douglas. Por detrás de mi hombro, el cocinero también lee y comienza a entender.
-¡Mirta! ¿Has hecho una encuesta pública sobre nuestra aventura? -me dice el uruguayo, sorprendido- ¡Una aventura amorosa sale de las tripas y del alma, princesa! No de unos resultados porcentuales... Una aventura es un impulso desenfrenado, y si necesitas dos días para decidirte, y preguntarle a mil personas, la decisión ya está tomada y es un "no". Yo te hubiera aconsejado también prudencia, mujer, si hubiera sabido todo esto.
El Nacho me abraza y me cubre con una frazada. Mira a Douglas:
-Salvático -le dice- como socio de Pizzerías Bertotti, le anuncio que está usted despedido.
-¡No, nene! -digo yo.
-Señora mía, usted ha pedido consejo a su clientela, y su clientela ha dado su veredicto -dice Douglas vistiéndose-. No tengo más nada que hacer aquí. He pasado una semana muy grata, pero esta es mi hora de partir. Ha llegado a esta casa un empleado, y el que se va es un amigo. Buenas noches.
El Nacho y yo nos quedamos solos en la pieza. Me abraza. Me pregunta: "¿Y ahora qué vas a hacer, mamá?". Se me llenan los ojos de lágrimas:
-Esperar a tu padre, corazón - le digo-. Siempre que va a la cancha llega con ganas de tomarse unos mates conmigo... Si lo conoceré... -y ya no aguanto la culpa, y me quiebro, y me acurruco entre los brazos de mi hijo.
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