(13 de diciembre) Ahora resulta que la novia del Nonno, la chinita patasucia, dice que no es de nuestra religión. Que es de una religión con un dios chino que se llama Confucio y que es mucho más sabio que el nuestro. El otro día me mostró una foto y no se parece para nada al dios normal de toda la vida. A su vez el Rusito, el novio de la Sofi, tiene un dios que se llama Buda y es inmortal porque está tan gordo que nadie lo puede subir a la cruz para matarlo.
A mí no me preocupa que esos dioses sean mejores, lo que me da rabia es que esta gente no se ilusiona para Navidad, así que yo no sé qué vamos a hacer el venticuatro a la noche. Porque si viven en esta casa, digo yo, lo mínimo es que se emocionen o algo. Así que esta mañana los senté a los dos en el hall, donde tenemos el pesebre, y les presenté a todo el mundo: éste es el niño Jesús, está es la virgen María, estos son los reyes magos, esto es una oveja, y esto de plástico verde hacemos de cuenta que es pasto. "De ahora en más", les dije, "si quieren vivir acá, ustedes hinchan para esta gente". Los pobrecitos me hacían que sí con la cabeza, y rezaban... Claro, por pandulce y turrón son capaces de meterse a monja.
Igual, yo lo que no entiendo es cómo puede ser que el mundo se ponga de acuerdo en cosas difíciles, como por ejemplo dónde se juega el Mundial, o a qué chica le dan el miss universo, o cuánto vale el petróleo, y que sin embargo siga habiendo un dios flaquito por acá, un dios amarillo por allá, ¡y hasta un dios que está como un chancho! ¿De qué corno hablan los de la globalización cuando se juntan en Mar del Plata?