14 de Octubre de 2005 | Capítulo 13

¿Y eso fue todo lo bueno que el destino tenía para mí?

Hay un sueño chancho que tengo dos por tres. De repente estoy en la cocina de Arguiñano, despatarrada en una bandeja preciosa. Entonces llega el Karlos, perfumado, y dice a cámara: “Hoy os voy a enseñar a toquetear a una señora fresquita”. Solamente de oírlo acartono la medibacha y, como soy de sueño liviano, me despierto transpirada; abro un ojo, y lo que veo es al esquenún del Zacarías, roncando en camiseta. Esa misma sensación la tuve hace unos días, cuando volvimos a Mercedes después de una semana en el primer mundo.

Ya hace doce días eternos que estoy en casa, dando vueltas de un lado para el otro como bola sin manija, sin saber qué hacer. Me acuerdo del hotel donde estuvimos y lloro. ¿Por qué corno la vida no puede ser siempre así? Desayuno completo, sábanas limpias, hijos drogándose por las calles madrileñas sin que yo me entere de nada, el Zacarías anulado completamente recorriendo canchas de fútbol como un pavote, y yo, feliz y contenta, fingiendo ser Isabel Allende, o Rosa Montero, o una de esas señoras que escriben en bata y tomando Campari y no tienen que lavarle el calzoncillo a nadie.

Al final es verdad lo que dice siempre Zambrano, el zapatero de acá la vuelta, que es ciego de nacimiento. Yo un día le pregunté si no extrañaba ver los colores, y me dijo que no, porque nunca los había visto. A mí me pasaba lo mismo: yo no conocía más que esta vida, y por eso era más o menos feliz. Pero ahora me siento un sorete ensartado en un palo. Me dieron diez días de lavavajillas automático y después me devolvieron la esponja Patito. Eso no se hace… Es como si al pobre Zambrano lo dejaran ver un atardecer con arcoiris, y después le pegaran un palazo en el marote para volverlo a la oscuridad de siempre. Para eso, nos hubieran dejado en la ignorancia.

En eso lo envidio al Caio, por ejemplo. El tarado llegó a casa y enseguida me quemó las cortinas del comedor. O sea, lo de siempre. Se quedó dormido en el suelo con el porro en la boca y casi nos incendia vivo, el pelotudo.

—¿Cómo te quedás dormido a las tres de la tarde, estúpido? —le decía el padre, corriéndolo con el cinto por todo el patio.

—Es por culpa del jet-set —argumentaba el Caio esquivando los latigazos—. Todavía no le agarro la mano a los horarios de acá.

Se dice jet-lag —le explicaba el Nacho mientras apagaba el fuego con dos sifones—. No puede ser que tengás una enfermedad que ni siquiera sabés pronunciar.

Lo peor es que es verdad. El Caio sigue sin acostumbrarse al cambio de hora. El lunes lo mismo. Estábamos almorzando polenta para festejar el día de la raza y de repente, ¡zas!, se cae desparramado arriba del tuco y empieza a roncar.

Non é Fritz Lang, Mirtitta —me dice el Nonno acariciándole la frente al nieto dormido—. Ío credo qu’il bambino stano fumando molto cuete, y la capocha le stá hachiendo circo cortito.

Corto circuito.

Ecco.

—Qué dice, Américo… El chico siempre ha fumado mucho y nunca había estado tan pelotudo como ahora.

Miráme muestra el Nonno—. ¿vé cuesta bolsa del Carrefúre vachía? Antiyer estaba llena de porro. Fuma propio come un escuérzeno… Il bambino stano triste perque la enana no lo ha llamato desde que tornamo di Spagna.

El martes la Sofi me confirmó la teoría del Nonno. Parece que Carmencita, la novia del Caio, no dio señales de vida desde que llegamos. Ni vino a recibirnos, ni llamó por teléfono, ni nada. Y el chico está con el corazón hecho pelota.

Y es así como, por fuerza mayor, me voy metiendo de a poco en la vida gris perla que me tocó en suerte. Volviendo a las desgracias cotidianas, a los problemas menores de mis hijos, a comprar cortinas nuevas y a limpiar las salpicaduras de salsa que quedaron en el techo del comedor.

Se acabó el jacuzzi del hotel, los paseos matutinos por El Prado, el taxi que me llevaba a la editorial y el olor a nuevo de mi libro flamante. Todo fue un sueño precioso que, de a poco, empieza a deshilacharse. No sé si me da más bronca haberlo vivido sin darme cuenta o saber que, cuanto más pasan los días, menos recuerdos me van a quedar de toda esa semana en Madrid.

Capaz que esos diez días era todo lo que el destino tenía para mí. Capaz que el Arguiñano nunca va a terminar de explicarme, en el sueño, cómo se toquetea a una señora fresquita. Capaz que siempre voy a abrir los ojos antes de tiempo para verlo roncar al Zacarías en la vida real, justo cuando los dedos de un cocinero limpito y seductor están a punto de salpimentarme.

¡Mamá, mamá! —me interrumpe el Nacho—. Acaba de tocar el timbre un tipo. Parece ruso, tiene como mil años.

—Será uno que pide.

—Sí. Pero lo que pide es la mano de la Sofi. Dice que se llama Mijail, y jura que está de novio con Sofía. En este momento papá lo está ahorcando en el zaguán. ¡Vení, mamá, antes de que lo mate!

Lo dicho, corazones: volver a la realidad es la peor manera de despertarse de los sueños. Lástima que sea la única.

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