29 de Septiembre de 2005 | Capítulo 12

Hay tiempo para todo, mamá

“Como si nos costara poco traer el pan, el Caio pasó un rojo y nos cayó una multa”. Ésas fueron las primeras palabras en este cuadernito, el 26 de septiembre de 2003 (el archivo no me deja mentir). Fue una época horrible: dos días antes lo habían echado al Zacarías de Plastivida y nos habíamos quedado sin nada. Nomás teníamos la tatadiós para que el Nacho fuera al puesto y nos trajera su sueldo. Y el pelotudo del Caio sale a comprar porro y le secuestran la moto. Nos habíamos caído a un pozo. Y yo no sabía qué hacer con mi vida.

La mañana de ese 26 de septiembre, que cayó viernes, el Nacho me encontró llorando bocabajo en la cama grande. El llanto más humillante que existe es cuando llorás porque no hay plata. Cuando no se te ocurre la manera de poner algo en la mesa. No es impotencia: es desesperación. Te das cuenta de que sos capaz de lo que sea con tal de que tus hijos coman. Incluso si tenés un hijo como el Caio, que se merece el ayuno de por vida. El Nacho llegó a la cama y me empezó a acariciar la cabeza.

—Llorás como si fuera la primera vez que papá y vos se quedan sin trabajo —me dice, con esa voz suavecita que tiene—. Siempre estuvimos en el medio de épocas malas. ¿Te acordás con Alfonsín?

Lloro por eso —le puchereo, con la almohada en la boca—, porque no es la primera vez, ni va a ser la última. Lloro porque es siempre lo mismo, y yo ya no puedo más. No me dan los brazos de tanto remar, nene...

—Ahora no es lo mismo —me dice—. Ahora yo soy grande. Ustedes me educaron cuando había más miseria que ahora. Me mandaron al colegio en la época que el almacén no nos quería vender el aceite. Lo que pasa es que vos ya no te acordás...

—Sí que me acuerdo.

—Con más razón, viejita... Me parece que es hora de que descanses. Ahí te dejé mi sueldo en la caja verde del té.

Me doy vuelta y lo miro a los ojos:

Esa plata es para el master, Nacho —le digo—. ¡Ni se te ocurra cambiar los planes ahora! Vos tenés que ahorrar para irte a Estados Unidos.

Hacía mucho que el Nacho trabajaba en un puesto de informática, y juntaba pesito tras pesito para hacer un master en Boston. Yo no podía permitir que le mandáramos otro sueño a la mierda.

—¿Y vos te pensás que yo me puedo ir en medio de todo esto? —me dice— ¿Te pensás que no tengo sentimientos? Ahora lo que hay que hacer es salir adelante. Boston no se va a morir si yo no voy a fin de año.

Nos abrazamos. Me sentí, por primera vez en muchos años, protegida. Es raro sentirse protegida por alguien que pariste. Es como ponerse un tapado de bisón caro. Es el calorcito verdadero. No abrazamos, pero yo no quería que él hiciera eso por nosotros.

—Cuando yo tenía tu edad —le dije—, o un poco antes, quería ser escritora. Incluso llegué a ir un tiempo a un taller literario.

—Ya lo sé.

—Entonces lo conocí a tu padre, que viste cómo es… Y cuando ya empezamos a ir en serio él no quiso saber nada con que yo me juntara con los melenudos del taller literario. Y de a poco me fui acomodando a esta vida, y después se me pasó el berretín de ser escritora… ¿Sabés lo que te quiero decir, no?

—Sí.

—Nacho, corazón: yo no quiero que te pase eso, mi vida. Si vos tenés un sueño tenés que olvidarte de todo. Algo vamos a hacer nosotros, ya nos vamos a arreglar... Pero no dejés de irte a estudiar con los yanquis. Porque cuando perdés el tren, perdés el tren. Te lo digo por experiencia.

Hay tiempo para todo, mamá —me dice, y yo lo miro de nuevo porque es un hombre, no es un nene el que me habla: es un hombre—. Lo más probable es que si te hubieras dedicado a escribir cuando tenías veintipico de años, yo no hubiera nacido. Ni el Caio, ni Sofía.

—Eso es verdad.

¿Por qué no escribís ahora? ¿Por qué no descansás y hacés lo que tenés ganas de hacer, ahora que no vas más a la boutique? Quién te dice que tu momento no sea éste. Y que mi momento de Boston sea después.

Lo miro riéndome un poquito. Pero no por lo que está diciendo, sinó porque tiene la esencia optimista. Esa misma que tengo yo. Me gusta que sea así, me gusta que converse conmigo.

—¿A vos te parece, Nachito? —le digo, casi al mediodía del 26 de septiembre de 2003.

Y entonces él me dice:

¿Sabés lo que es un weblog?

Esa misma noche escribí esa frase en la computadora vieja: “Como si nos costara poco traer el pan, el Caio pasó un rojo y nos cayó una multa”. Y desde entonces empezó a pasar algo en mí, muy despacio. No sé explicarlo, es como si adentro mío alguien hubiera empezado a cambiar todos los muebles de lugar. Me sentí la misma, pero redecorada.

Es muy lindo hacer lo que te gusta, aunque la suerte te llegue de grande. A mí me llegó junto con la menopausia, pero me llegó. Y no tenía la más puta idea de que escribir fuera algo tan divertido. Cuando yo era joven quería ser escritora porque me pensaba que te ibas a codear con gente inteligente... ¡pero nada que ver! Escribir, al final, solamente sirve para ser feliz. Lo demás son boludeces.

Pasamos muchas épocas chotas desde que abrí el cuadernito, pero en el momento que las pasaba a papel se iban convirtiendo en anécdotas. No. No fue casualidad que me sentara a escribir de vieja. Si lo hubiera hecho a los veinte años (me doy cuenta ahora) no habría tenido nada para decir. No existen las casualidades.

Por ejemplo: la presentación del libro que acaba de salir en España fue el lunes pasado. ¿Saben qué día era el lunes pasado? Hagan la cuenta. No; no existen las casualidades.

Con el Nacho nos levantamos tempranito, salimos del hotel, y nos fuimos disparando a El Corte Inglés. Nos quedamos como dos boludones esperando a que abrieran. Y entonces subimos al piso de los libros, y ahí estaban. Apilados, uno arriba del otro. Preciosos. A mí me empezaron a temblar las patitas. El Nacho me abrazaba.

"Más respeto, que soy tu madre", decían todos, con letras muy conchetas, y con el empapelado idéntico que en el cuadernito. ¡Ay, qué plato, casi me da una cosa acá!

¿Qué hacemos en España, nene? —le decía yo al Nacho, media llorando— ¿Qué hacen todos estos libros con mi nombre? ¿Qué corno está pasando?

El Nacho sonreía. Y yo me acordaba de estos dos años hermosos que pasé sentada en la compu de la piecita, escribiendo a la noche cosas para ustedes. “Hay tiempo para todo, mamá” me había dicho mi hijo exactamente dos años antes.

Al día siguiente, en medio del Atlántico, volviéndonos para casa, pasé por su asiento y me acerqué despacito:

Hay tiempo para todo, Ignacio —le susurré en la oreja, y le dejé todos los euros del adelanto del libro para que se vaya a hacer el master con los yanquis.

Nunca en la vida devolver algo me había hecho tan feliz.

[Más Cotidianos]
« Capítulo 11 | Inicio | Capítulo 13 »

Agregá a favoritos la 2ª temporada | XML | Indice de la 1ª temporada
Mirta en Technorati | Mirta en Google
Copyright © 2003-2005, Mirta Bertotti. Mercedes, Buenos Aires.