08 de Septiembre de 2005 | Capítulo 10

Gol de España en el último minuto

Esta semana todo el mundo, hasta el Cantinflas que es un gato mimosote, le hizo el vacío al Zacarías. Nadie le dirigía la palabra, nadie le hacía caso, nadie le alcanzaba la sal en la mesa. Incluso el Caio, antinoche, nomás para molestarlo, en vez de gritar los tres goles de Racing, gritó el gol de Estudiantes. El padre se levantó del sofá y le pegó un derechazo en la nuca: “¡Bilardista hijo de puta!”, le decía mientras lo cascaba. Y el nene ni se quejó, porque el vacío es hasta el final, o no es.

Estamos así porque el Zaca sigue en sus trece: no quiere que se publique el libro en papel. Encaprichadísimo, está. Trascartón, no hubo día en que no me llamaran por teléfono desde España. Los de esta editorial, parece, no están acostumbrados a que nadie les diga que no. Deben ser como las chicas lindas, que tienen a todos los hombres atrás oliéndoles el culo. Y claro, no les entra en la cabeza un rechazo. Así que llamaban y llamaban. Se pensaban que era un problema de guita.

—No Raquel —le decía yo a la editora—, no tiene nada que ver con la plata. En realidad no queremos y sanseacabó. El cuadernito habla de nosotros, de cosas muy íntimas, y a mi marido le patea un poco el hígado ver todo eso impreso.

—Entonces no es que usted no quiera, Mirta —me decía ella—. ¡Es que su esposo no la deja expresarse!

Ay, ¿por qué siempre la gente moderna mezcla todo con el feminismo? Es difícil de explicar, pero a cierta edad las mujeres ya estamos de vuelta de todas esas cosas. El Zacarías no es machista: es esquenún. Y en la escala de valores de Mercedes, ser esquenún no es un delito sexista. Es, como mucho, una cosa genética. Pero es complicadísimo explicarle cosas de ciencia a una chica moderna, para más inri de España, que es otra cultura.

De todos modos, el más afectado resultó el Nacho. Yo no sé qué tiene ese chico con Mondadori: una especie de fascinación o algo debe tener. Desde que se enteró que les dije que no a los de la editorial, me mira como si yo fuera una extraterrestre. Es la primera vez que no me apoya en algo el nene, y eso me pone un poco triste.

—Mirá —me dice ayer, trayendo una pila de libros—. Sudamericana, Plaza & Janés, Grijalbo, Lumen… ¡Mirá, mamá! ¡Todas son de Mondadori! No es la imprenta del Vasco Goitía la que te llamó…

—Ya sé nene —le digo, hojeando las tapas de los libros—. Vos lo que no entendés es que un matrimonio vale más que todo eso. Vos te separaste en menos de un año, pero yo llevo treinta casada. Y no puedo tirar treinta años a la mierda por un libro.

—Es una pelotudez, viejita. Cualquiera se casa hoy en día. Hasta nosotros nos podemos casar ahora, gracias a dios.

—¿Ustedes? —le digo— ¿Ustedes, quién?

Se pone colorado y empieza a tartamudear.

—Nosotros —me dice, buscando rápido una mentira— ¿Quién va a ser? Nosotros… Los divorciados.

El pelotudón se piensa que yo me chupo el dedo. Pero se la dejo pasar porque no es momento de hablar de su sexualidad, ni de su matrimonio con la Luchía. Que sea cuando él quiera. Entonces le digo que los sentimientos del Zacarías, para mí, son más importantes que un libro, y que no importa quién lo publique. Y el Nacho ya no me discute ni nada, porque tiene miedo de que se le escape algo más.

Al Caio y a la Sofi el libro en realidad les importa un pepino. Ellos están con trompa solamente porque se les cagó el viaje a España. A ellos no les importa mucho la literatura.

—En cualquier momento cumplimos 18, vieja —me decía el Caio, y la Sofi asentía—. ¡Y todavía no vimos el océano!

—Sí que lo vieron, boludones. En Mar del Plata, y en San Clemente, y en Santa Teresita. No solamente que lo vieron, sinó que además vos te ahogaste, Claudio. Las tres veces. No sé quién te manda a drogarte en la arena.

¡Ese océano no! —me dice la Sofi—. ¡Nosotros queremos ver el otro, el de España!

—Es el mismo, idiota.

—¿Sí?

—Claro.

—¡Entonces queremos ver un toro! —dice el Caio— ¡Vamos a cumplir 18 y todavía nunca vimos un toro!

—A ver, escúchenme un cachito —les digo, escorchadísima—. Vivimos en Mercedes. En la pampa húmeda. En un país en donde hay más vacas que gente honesta. ¿Quieren ver un toro? Hagan dos cuadras para allá, y tres para allá.

—Entonces queremos ver un torero —me dice la Sofi, acorralada.

—Prendé la tele.

—No puedo, porque está el Nonno mirando porno.

—¡Don Américo, ya le dije que no mire el 53 de día, que están las criaturas! —le grito a mi suegro.

—¡Vo non só mi nuera, vó so la yuta! —me grita el Nonno desde el comedor.

—Ahí tienen la tele —les digo a los chicos—. Vayan a ver al torero.

—Gracias vieja —me dice el Caio, y la mira a la hermana con cara de triunfo:— ¿Viste, nena, que yo la iba a convencer a la vieja?

Más o menos así estaban las cosas hoy a la mañana: el Nacho en su pieza poniendo los libros en los estantes y cantándole el arrorró al Zacajunior, el Nonno encerrado en el garage tocando la batería (que es lo que hace cuando no mira porno), los chicos haciendo zapping a ver si enganchaban un torero, y yo haciendo las pizzas de la noche en el local. Así estábamos todos, digo, hasta que el Zacarías nos manda a llamar.

Cuando vamos al comedor, lo vemos a mi marido con una máquina de sacar fotos colgada al cogote, pantalones pirata, una mochila a la espalda y dos valijones a los costados. Nos quedamos, propiamente, de piedra.

—¡Bué! —dice, con una sonrisa de oreja a oreja—. Vamos yendo que sinó perdemos el avión. Hagan la valija rapidito que los espero con la camioneta afuera. Lo estuve pensando un poco, y no nos viene mal una semanita de vacaciones.

¡Ay, que alegría! No quisimos ni preguntar por qué se había dado vuelta la tortilla (no sea cosa que, dando las explicaciones, el Zaca reculara de su decisión). Así que rehicimos las valijas y nos fuimos disparando para la Capital.

Ahora estoy sentada acá, en el ciber del aeropuerto, a punto de publicar la novedad, para que ustedes también se enteren, y en la máquina en la que estoy a punto de apretar “enviar” me acaba de llegar un mail que me explica todo. Porque ustedes saben, corazones, que los milagros en el Zacarías no existen:


Asunto: Se me ha ocurrido una idea
DE: “raquel@mondadori.es

PARA: “mirta@losbertotti.com

Mirta, ayer os he enviado nuevamente los pasajes, pero con otra estrategia. Esta vez el sobre ha ido a nombre de su marido, y adjunto también cuatro entradas para ver al Atlético de Madrid, un equipo de fútbol de aquí al que dirige Carlos Bianchi. Si su esposo es un machista argentino como pienso, nos vemos el viernes a las 17:30 en Barajas. Habrá un taxi esperando por todos vosotros. Saludos, Raquel.


Entonces me acerco sonriendo al Zaca, que está al costado, haciendo la cola para facturar. Media que lo abrazo y le digo al oído:

Gracias viejo. ¿Por qué cambiaste tan rápido de opinión con respecto al viaje y al libro?

—Porque me di cuenta que yo te quiero igual aunque seas egoísta, Mirta. Yo te compré así, hace treinta años. Te compré egoísta. Así que ahora no tengo derecho a quejarme. ¿Hay que ir a España y sufrir? ¡Se va! Lo importante son los sentimientos.

¿Ven que los hombres no son machistas? ¿Ven que solamente son pelotudones? A veces nosotras nos quejamos del fútbol… Pero si no fuera por ese deporte asqueroso, los maridos serían todavía peores de lo que ya son.

¡La próxima les escribo desde España, corazones, que se nos escapa el avión!

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