03 de Septiembre de 2005 | Capítulo 9

El día que me puse en tus zapatos

Hoy hace exactamente seis días que sonó el teléfono, y todavía estamos todos como bola sin manija. El domingo y el miércoles no pude escribir porque estuve metiendo ropa de verano en las dos valijas (que para peor están rotas). Y hoy, si el Nacho no me decía que ustedes estaban esperando acá, tampoco escribía. No es que sea una dejada: es que están pasando cosas raras, corazones. Así que mejor se sientan y les cuento. Todo empezó, como les decía, con un llamado intempestivo a la hora de la cena.

Atendí yo, porque cuando acá la gente come se olvida de todo:

—¿Hablo con la familia Bertotti, en Argentina? —la voz era de una mujer, con el acento igualito al de Ingrid Rubio, que es esa chica que hacía de renguita en una película. Respondo que sí, y me dice:— Quisiera hablar con Mirta.

—Ella le habla.

Entonces se me presenta. Me dice que su nombre es Raquel, y que me llama desde una editorial de España. Que están interesados en publicar el weblog de la mujer gorda. ¡Casi me caigo de culo ahí mismo!

—¿Y a vos te parece que mi cuadernito les puede interesar a los gallegos, nena? —le digo, haciéndome la que el corazón me latía normal.

En Mondadori pensamos que sí —me dice la chica.

—¿No me dijiste que sos de España?

Mondadori es la editorial —me dice.

—Ay, mirá qué plato —le digo—. Acá hay una que se llama igual, que es donde lo publican al García Márquez.

—Es ésa, señora. Nosotros publicamos también a García Márquez —me dice, y entonces, en ese preciso momento, fue cuando me hice pis encima.

Yo no sé lo que le pasa al pis cuando llegás a cierta edad. Cuando todavía sos joven, meás solamente si te lo proponés. Pero desde los cincuenta para adelante, te meás cuando quiere el destino. ¿Hacen un chiste por la tele? Se te sale un chorrito. ¿Le pegás un grito a tu hijo? Otro chorrito. ¿Te avisan que vas a publicar en Mondadori? Se te suelta una catarata. El mecanismo del cuerpo empieza a fallar a cierta altura; habría que decirle a los científicos que se dejen de joder con tanta clonación y hagan algo para pararnos la incontinencia a las señoras.

Cuando me recuperé, Raquel seguía diciendo cosas del otro lado del teléfono. ¡Ay, cómo habla esa chica! Decía que ahí en la editorial estaban deseosos de que yo vaya para allá a firmar el contrato, que querían conocerme, y la mar en coche.

Peráte, peráte —le decía yo—... Bajáte del auto que no nos sacamos la rifa, corazón.

—¿Perdón?

—Nada, nada. Un refrán de Mercedes. Te quiero decir que lo que vos decís es lindo, pero también es muy complicado. Yo no puedo ir ni a Suipacha en este momento; ¿me entendés? Estamos a fin de mes, mi vida —el llamado fue el ventiocho.

—Por favor, Mirta —me dice—... Nosotros correríamos con todos los gastos. Eso por descontado.

—¿Me estás diciendo que me invitás? —ahí empecé a sospechar que era una cachada.

Y a su familia, por supuesto —me dice la otra, trascartón.

Fue decir eso y, en el mismo segundo, empecé a escuchar gritos y hurras en la cocina y en el auricular, como en estéreo. ¡Estaba todo el mundo escuchándome la conversación por el otro teléfono, qué vergüenza!

¡Dichile que si, Mirtitta! —se oía al Nonno.

—¡Que garpen pasaje en busine! —clamaba el Caio.

Me fui con el inalámbrico hasta la cocina a pedir orden, pero fue peor. Colgaron el otro teléfono y empezaron a seguirme todos en fila india mientras conversaba, como si una tuviera miel.

—¿Entonces, Mirta? —me apura Raquel— ¿Qué me dice?

La Sofi me estaba mirando con el mismo gesto que pondría un perro que nunca viajó a Europa, y el Nacho, desde que había escuchado la palabra Mondadori, tenía los ojos llenos de lágrimas (pobre santo, lo sensibiliza mucho la literatura). Y además pensé en el día que se murió mi padre, que era un gallego más bueno que el pan: ese día, pobrecito, me hizo jurar que alguna vez yo iría a visitar su tierra. Y yo le dije que sí. A mi papá aquella vez, y a Raquel ahora, por teléfono. Les dije que sí a los dos.

Desde esa noche —que fue hace seis días— en casa empezamos a vivir un clima de vísperas. Todo el mundo tenía una sonrisa gigante en la cara, aparecían bolsos y valijas por los pasillos, y hasta parecíamos una familia feliz. Raquel llamó un par de veces más (es un amor esta chica), y ayer a la mañana nos llegaron los seis pasajes con un mensajero. Entonces, recién entonces, el Zacarías empezó a cambiar de actitud y se le dibujó de repente una trompa caprichosa en la jeta.

—¿Qué te pasa, viejo? —le digo anoche.

—Nada —me bufa—. Que yo me pensaba que los llamados esos eran una joda de alguien, de algún chistoso del barrio. Pero desde que aparecieron los pasajes... ¡La puta madre, Mirta! ¡Toda esa mierda de España es verdad!

—¡Claro que es verdad! —le digo— ¡Nos vamos una semanita a Europa, pelotudo! ¿Por qué tenés esa cara?

—No es por el viaje, Gorda... Es el libro ése. Otra vez sopa, Mirta. ¿De nuevo vas a estar sacando nuestros trapitos al sol, y ahora en papel, que es más grave? A Internet no entra nadie, pero los libros son cosas, cosas que se tocan, que se venden en los supermercados... ¿Por qué no parás un poquito de ser tan egoísta, de pensar solamente en vos?

Nunca había sido tan directo el Zacarías. Siempre me escorcha con lo mismo, siempre me dice que lo pone incómodo que hable de él en público, pero no había usado jamás esa palabra horrible: 'egoísta'.

—¿Por qué me decís eso? —le digo sin querer llorar, aunque ya no podía contenerme— ¿Por qué me decís egoísta, Zacarías? Todo lo que dije en mi cuadernito sobre nosotros, ¡todo!, siempre fue con el amor más grande del mundo.

A ver si un día te ponés en mis zapatos —me dice, señalándose con el dedo las chancletas—. A ver si un día te imaginás lo que es entrar al club, o al banco, o andar caminando por el centro de Mercedes y que todos sepan si anoche cogiste o no cogiste con tu mujer. ¡Somos una familia, carajo! ¡No somos una historieta de la Intervalo! —y salió de la cocina pegando un portazo.

En ese momento me caí desde la felicidad, de cabeza, a un pozo de culpa. Yo estaba flotando: desde hacía una semana que flotaba de alegría por la noticia del libro y del viaje. Conocer España, la tierra de mis padres, siempre fue un sueño que sabía, en el fondo, que alguna vez se me iba a cumplir. Y durante seis días creí que lo estaba tocando con las manos. Pero el Zaca tiene razón. Estaba pensando en mí y nada más.

Cada vez que les escribo, corazones, pienso en mí. No todo lo que a una mujer pueda parecerle anecdótico sobre su matrimonio, tiene que ser igual de divertido para su marido. Y yo no pienso mucho en eso cuando escribo. Él tiene razón: nunca me puse en sus zapatos.

Ahora es fin de semana en todo el mundo. En la editorial de España no debe haber nadie. Pero el lunes a primera hora los llamo para decirles que no, que lo siento en el alma, pero que no va a poder ser lo del libro. Que sigan con García Márquez, que es un señor que no tiene un marido que le haga planteos. Me va a costar un poco decírselo a Raquel, pobre santa, porque se la notaba muy embalada... Aunque más, muchísimo más, me va a costar darle la mala noticia al resto de los turistas que están el el comedor, con el pasaporte en la mano y la ilusión en los ojos.

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