Anoche no me podía dormir dándole vueltas al asunto: la Sofi tiene quince añitos (¡quince nomás!) y si te ponés a pensar ya tuvo más novios que yo, que soy la madre. Está bien que una de jovencita era media pánfila, un poco quedadona, pero igual no me cierra. ¿Qué le va a quedar a la mocosa en el futuro, si ya se lo sabe todo? Eran las tres de la madrugada y me dieron ganas de levantarme, así en patas, y despertarla a sopapo limpio. Pero ni siquiera dormía: ¡estaba chateando, la turra, y con el camisón desprendido!
Me puse en el marco de la puerta para que no me viera. No sé por qué carajo me traje el reloj despertador desde la cama… Lo peor es que la criatura no estaba haciendo nada chancho todavía: solamente tecleaba y miraba fijo a la webcam, pero una antes que madre es mujer, y en la habitación se respiraba la calentura adolescente. Eso se huele, corazones. Trascartón la Sofía tenía los cachetes colorados, y le bailaban los ojitos, y hacía tiqui-tiqui con la patita en el mosaico.
Desde mi ángulo, la pantalla de la compu me quedaba muy de refilón, pero era obvio, por el gesto relajado de la criatura, que del otro lado había un tipo enseñándole las partes, porque la Sofi dos por tres se reía finito, enseguida se quedaba seria y le subían todos los colores al cogote, y después abría los ojos grandes como dos huevoduros, y otra vez le venía la risa nerviosa. Y tecleaba. Y miraba el monitor con una mirada babosa, como si fuera una mosca viendo fotos de un tarro chorreando miel.
“Ay Sofía —decíayo para mis adentros—, no te empecés a toquetear por abajo del dobladillo porque te juro que te parto al medio de un escobazo”. Eso pensaba yo cuando en una de esas, ¡zácate!, la nena se levanta de la silla, enfoca la webcam más para el medio de la pieza y da tres pasitos para atrás.
La guacha se pone los auriculares y empieza a bailar, propio como una cabaretera, en el medio de la habitación en penumbra. Mi mitad madre empieza a apretar los dientes como para matarla, pero mi mitad mujer piensa: “¡Qué lindo se mueve la nena, qué baile más sensual, cuánta pasión que le pone!”. Pero cuando está a punto de sacar una teta por el escote del camisón, gana la batalla mi mitad madre:
—¡Sofía Mirta, metéte ya mismo ese pezón para dentro! —le grito, y sin querer le sacudo el reloj despertador en el medio de la cabeza. Fue sin querer, se me escapó. Pero la nena se desparramó redonda.

Después pasó todo como en una nebulosa. Yo estaba como fuera de mí misma, lo más probable es que tuviera la presión por las nubes o algo, porque no me explico lo que hice. El asunto es que la Sofía, ni bien recibió el relojazo, cayó para atrás en la cama con las patas abiertas, y yo, en vez de ayudarla, pobrecita, en vez de traerle hielo o algo, solamente me preocupé de que el sátiro de la webcam no me la viese a la nena despatarrada y sin bombacha.
Entonces me fui para la lente de la camarita y me le puse en el medio. Y en la pantalla, lo vi. Al tipo. ¡Lo vi clarito, como si lo tuviera del otro lado de la ventana! El hombre no entendía nada: para más inri estaba medio en pelotas, pero se lo veía de cintura para arriba, gracias a dios y a la virgen. Lo primero que me impresionó es que tenía bigote. Ahí nomás, caliente como una pipa, agarro el teclado y le escribo en el messenger:
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Lo más probable es que el bigotudo se haya asustado cuando supo la edad de la nena. Porque se fue rapidito y sin saludar. “Yo enamorado Sophie”, decía… ¡Qué pajerto! Una vez que le puse los puntos al comunista, no sé por qué me empecé a calmar, y recién ahí me acordé que la tenía a la Sofi desvanecida en la cama. Me fui como un cuete:
—Sofía, Sofi, chiquitina —le decía, con el corazón en la boca, y la cacheteaba despacito—... Dale nena, despabiláte, que te pegaste sin querer con el despertador…
Por ahí, de a poquito, me abre un ojo:
—¿Mijail? —dice— ¿Estás ahí?
—No. Soy mamá… Mijail se tuvo que ir a hacer unos mandados. Dice que mañana vuelve. ¿Te duele acá?
—No, tengo mucho noni…
—Vení, corazón, metéte acá en la cama que yo me quedo con vos.
Me mira, enfocando:
—¿Qué hacés acá, mami?
—Nada —le digo—. Fui al baño y te vi media destemplada. Y vine a taparte con la cobija.
—Ah…
—Son casi las cuatro, mi vida, tenés que descansar...
—Sí.
—¿Te acordás cuando tenías miedo a la noche, y me pedías que me quedara con vos hasta que te durmieras?
—Mmmmsé —me dice, y se acurruca, con los ojos cerrados, en mi regazo.
—Y yo me quedaba, toda la noche acá en tu cama…, ¿te acordás?
Silencio.
—Parece que hiciera un siglo de todo eso, y fue hace diez años nomás. Eras un piojito, y te daban miedo los truenos. Y yo te agarraba la mano, así, y vos te dormías —le digo, susurrando, mientras apago la luz del velador y le despejo un mechón de la frente—. ¿Qué pasó, Sofía? ¿Cuándo fue que pasaron los años, que no me di cuenta?
De repente el monitor se pone negro, y el salvapantalla empieza a tirar estrellitas de colores. Es la única luz de la habitación: son como unos fuegos artificiales en miniatura que nos van envolviendo a las dos. Entonces me meto en su cama y nos dormimos juntas, agarradas de la mano, como cuando ella era un bebé y yo era lo más importante de su vida.
